المغرب viajes efímeros

 

Tetuán

Llegamos a Marruecos y nos encontramos con un primer problema, no llega a ser una barrera fija pero sí se nos presenta como un obstáculo: no hablamos árabe ni nos entendemos en francés, somos el aperitivo europeo perfecto para taxistas, comerciantes y guías. Aún así, tratamos de hacernos con la gente, dejándonos ver como viajeros relativamente trallados para la edad que tenemos, no queremos dejarnos estafar. Esto es, como siempre, utópico, pues seguimos siendo extranjeros, mejor o peor adaptados al mundo desconocido en el que queremos abrirnos un hueco.

Después de negociar un rato con un taxista en el aeropuerto, que quería cobrarnos una pasta por llevarnos hasta Tetuán (300 Dirhams), le pregunté a una chica que pasó a nuestro lado y que había volado con nosotros, que qué podíamos hacer para que el viaje nos saliera mejor. Ella nos recomendó que fuéramos primero a la estación de Tánger y que, desde allí, cogiéramos un taxi colectivo a Tetuán. Así lo hicimos, y al llegar al centro, pagó el taxi y no nos dejó darle nuestra parte. Nos acompañó hasta la estación de taxis y antes de irse nos recordó que iríamos un poco apretados, a lo que nosotros no veíamos inconveniente. Conseguimos un buen precio y nos subimos al coche. Nos quedamos ahí un rato hasta que se abrió la puerta de la derecha y entraron otras dos personas atrás, y por la de delante, una pareja. Y así fuimos a Tetuán: cuatro personas apechugadas en la parte de atrás y un matrimonio en el asiento del copiloto, el hombre acostumbrado a que el conductor le diera en la pierna cada vez que cambiaba de marcha. Me intentaba recostar en el hombro de Renè y, sin darme cuenta, ponía la cabeza sobre la mano del chico de la derecha, que en busca de espacio, estiraba el brazo pasándolo por los hombros del amigo.

El viaje transcurrió en silencio.

La medina de Tetuán nos recibió alborotada, en plena ebullición. El sol se estaba ocultando, pero los vendedores seguían al pie del cañón, con sus puestos de dulces, quesos, chatarra de todo tipo, ropa usada y móviles. Seguimos caminando con las maletas, algo abrumados ante tanta actividad, hasta que llegamos al callejón “Habibi”, donde teníamos alquilada una habitación.

Tánger

El taxi nos alejó de la barriada repetida y oscura, superpoblada, sin alma. Nuestro coche solo llevaba una luz y los demás automóviles nos adelantan sin la más mínima delicadeza, atravesando de lado a lado la línea doble discontinua.

Escuchamos por lo menos tres canciones en árabe, pegadizas y sin grandes exploraciones instrumentales, hasta que llegamos al Gran Zoco. Las zonas peatonales no existen en Tánger, incluso la calleja más estrecha y transitada puede verse atravesada por vehículos. La gente no se aparta, parece que esperan al segundo último que le queda a la rueda antes de pasarles por encima para modificar ligeramente su trayectoria. Sonaba un estribillo ininteligible cuando el coche empezó a bajar por la calle empedrada, poblada de puestos de especias, baterías y dulces, y la gente animada empezaba a sucederse por el cristal de mi ventanilla, los vendedores se daban la mano con colegas del negocio, las madres tiraban del brazo de sus pequeños, con sus sonrisas de niños que respiran el aire nocturno y la sensación estimulante y efímera de pertenencia al mundo adulto. Acabamos de atravesar la riada de tangerinos y unas banderitas triangulares coloridas anuncian nuestra llegada al cine Rif. Disfruto este momento sin desligarlo del anterior: el no entender, no saber dónde estoy, ir más allá del lenguaje para hacerse comprender, mirar, observar, enterrar el juicio, romper el cristal y quedarse dos pasos atrás.

                                                                     ***

Dejamos Tanger en la niebla pesada y caliente de la mañana, una calima perezosa que sirve de velo matutino a la urbe. Me despido de esta tierra de este (Punta Malabata) a Oeste (Cabo Espartel), habiéndola recorrido toda a lo largo de su costa. Sus gentes, tan ajenas a mi mundo, se me presentan hoy más amables, cercanas, casi familiares, como suele ocurrir en las partidas, cuando quieres abrazar en la despedida lo que no tuviste tiempo de entender, lo que no supiste querer, aunque lo admiraras.

El tren se pondrá en marcha y ya no volveré a ver a Inés y a su madre, quedará atrás la playa larga, la mar oceánica, picada y brava y su orilla con algún bañista esporádico, el espigón de piedra lleno de paseantes y pescadores de sol (peces pocos), con sus cañas finísimas y mal lanzadas.

No volveré a saber de los portugueses que no quise conocer más, los ricachones tostándose al sol, las mesas de póker, los yonkis de la ruleta. Se apaga la -C- azul de las luces de neón del Casino, se pierde el mosaico redondo del alfeizar de nuestra habitación, la 619. Pasarán los años y la medina mantendrá su color, su música de gentes, sus comerciantes inquietos, con cien ojos y picardía afilada, y seguirán sirviendo tés con mucha menta en vasos de cristal para los jóvenes tangerinos en el café Jafa, que seguirán sacándose selfies con el horizonte lejano en el azul inmenso del Atlántico.

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