El equilibrio de la llama

Decelera,

 

Es necesario abrazar el suelo con los pies con más frecuencia; caminar sintiendo que hay algo de nosotros que apunta al cielo y no es ajeno al peso que somos sobre la tierra.

Ser de la brisa el impulso que levanta el sombrero;

de las sonrisas, la interna, capaz de llenarnos.

De los segundos el latido preciso que engancha otro latido,

¿Por qué no ser un deambular firme en arena?

La permanencia de la ola, la duración de una pelota en las manos

o la piedra que se desprende segura,

después de un tiempo, sin dañar la montaña.

Estirar la presencia como un gato, disimular la presencia como un ratón. Poder ser la pequeñez del roedor y la astucia del felino en un mismo día.

Tratar de mantener el equilibrio de una llama, la ligereza de una hoja en movimiento, la consistencia de la miel, la majestuosidad del glaciar. Mantener hasta el pelo despierto en todos estos cuerpos. El vientre flexible, el pecho atento.

La lágrima, como la canción, el silencio o el grito, han de ser posibilidades, mecanismos activos.

Ser porque se está.

Hacer de nuestra mente un juguete que sepa respirar, parar, seguir, sentir un ritmo, responder con otro, callar, hablar, explotar o recogernos. Una mente elástica que nos permita explorar atentamente el instante.

Y desde ahí, acelerar.

 

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