Un día tras otro

«De la amargura de cuanto nunca seré

queda al menos la caligrafía rápida de estos versos,

pórtico en ruinas de lo imposible».

Fernando Pessoa

 

Día uno

Hoy me he despertado con un hambre infinita y no he sabido calmarla. Se me ha hecho corta la calle, suave la lluvia, flojo el abrazo de mi abuela, escasas las esquinas de mi casa. Mutable mi casa, mi cuerpo, mi ánimo. Las cuestas de mi alegría escapadas de los mapas, inlocalizables. Me he despertado, he hecho algo por la casa, he ido al hospital, he comido, he paseado, he escuchado a unos hombres que fumaban fuera de un bar decir “para mañana dan bueno cuando volvía a casa por la calle Cisneros. Antes de llegar a mi cuesta ha pasado el camión de la basura. Después he llegado a casa y me he acostado.

Día dos

Hoy me he despertado con la certeza de que podría pilotar un avión. Yo, que me he pensado torpe para abrir puertas, colocar zapatos, guardar la compra bien repartida en bolsas, limpiar una superficie irregular y que no se quede empapada, colocar un cuadro, vestir conjuntada. Yo soy un haz de luz, un pájaro, una atleta sin fondo que quiere bailar en la pista.

 

Otro día

No puedo pensar y me vence esta inercia vacua de los días sucesivos. Disfruto en la burbuja fuera de la que no puedo pensar, pero hay algo que no se puede arreglar, que no marcha, y ese tipo de persona que soy, la bolita de algodón recubierta de acero, o la de acero cubierta de algodón, ya no lo sé, es algo que desconozco desde siempre. Sentir amor por alguien te aleja a veces del amor que sientes por el mundo. Septiembre tiene un eco triste de días azules que parecían inmortales. Septiembre llega, no avisa, y desvela lo que existe y no quiero ver. Tengo suerte, aún sí, tengo todo, me digo.

Día cuatro: el puerto

Unas nubes bajas, de un azul blanquecino traslúcido, esponjoso, se alzan como pequeñas llamas animadas que sonrojan el horizonte bajo, haciendo que su azul se vuelva rosado. La noche va entrando, con su levedad estival, y una oscuridad progresiva absorbe los pigmentos cálidos que despiden la tarde. Retengo en mis pupilas los últimos colores ya desvanecidos, pero activos en mi mente: rosa, naranja, rojo. En estos tonos vislumbro tu silueta sentada, que,  pedaleando empieza a perderse en el descenso, hundiéndose en la ciudad iluminada.

Observo la línea discontinua de la carretera oscura, mientras avanzo, y se pasa por mi cabeza la idea de que quizá el amor no es más que esa línea “discontinua” que es en recorrido continua y uniforme, solo que presenta pequeños cortes. ¿Y si eso fuera, además, el tiempo? fracciones cronológicas idénticas entre sí que se suceden, instantes acumulativos, momentos que, como copias de uno anterior se suman al carrete de tu vida, como un día se suma a la vida, un día tras otro.

 

Claro que, todo es cuestión de días

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