A la vieja escuela

 

Hoy me he sentido, por una buena parte del día, rica.

Afortunada, dotada del dardo, el dardo en la palabra.

En el aula en solo se oyen teclas y una voz lineal,

constante, sin altibajos

que viene desde arriba,

que dice fechas,

Enumera apellidos

Y repite etiquetas.

Pero yo me sentía bien, como inspirada por el día.

 

La voz lanza preguntas que

enseguida se responde:

“Inequívoco sesgo liberal”

oigo,

“poesía del intelecto, desprendida del «yo»”.

(me caen mal los inequívocos, no me los creo).

Veo, de pronto, apuntes que se lo creen,

Veo ideas de la voz caduca que se tatúan en la hoja nueva,

fresca, propia de cada alumno

¿es el alumno siervo?

 

Siento rabia.

Me he quedado mirando por la ventana

y la voz seguía sonando.

Alguien ha hablado, pero la voz ha retomado el discurso.

Me he puesto de pie en la mesa

y las palabras ensayadas han taladrado

más fuerte todo el espacio.

Entonces he dejado de sentirme rica,

he dudado de mi dardo en la palabra

por no poder encontrar la palabra exacta

que no es exacta, para describir este aburrimiento,

esta unidad sin partes que es el aula,

esta doctrina de momias,

estos dictadores de dictados

sin pasión,

sin apertura,

con indiferencia,

con miedo a la digresión,

al imprevisto,

sin creencia en la idea, que siempre es

o debería de ser

eternamente nueva.

 

 

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