La intención nace del juego

12.

 

 

Se situó cerca del hoyo, descalzo sobre la arena húmeda, blanda y dorada. Reconoció la playa, las playas no cambian en diez años. El mar rompía suave y seguro que recordó los baños a última hora de la tarde con sus amigos de Santander. Tenía que acordarse de aquel día que empezó a llover y pasábamos por debajo de las olas, cada vez más altas. Al salir a flote nos buscábamos las caras y al encontrarnos entre ola y ola, casi siempre después de tragar agua, nos partíamos de risa. Yo también estaba allí, sentada, le vi y me acordé de Elisa con aquel alga verde gigante en el pelo. Me entraron ganas de saludarle, pero preferí quedarme allí y reírme sola.

Estaba embobada, mirando a un barco que parecía navegar por el mismo horizonte y pensé en la estructura de mi próximo cuento. Esta vez quería que la trama fuera sencilla, pero me esmeraría en crear un perfil, un personaje misterioso que pudiera utilizar en otros relatos y, por qué no, en una novela. No iba a ser una historia de amor, porque no sabía escribirlas, ni mucho menos concluirlas. Iba a ambientarlo en Friburgo, un estudiante de derecho argentino conocería a una chica alemana, que trabaja en la floristería de debajo de su casa, apenas cruzarían palabra hasta que un día de julio, durante la fiesta local más importante del año…

“Deja ahí la intención y ven a jugar” me dijo entonces un niño moreno y gordito, cubierto de crema, que estaba cavando con una pala. Y me ofreció el rastrillo.

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