Siestas de verano

Un vaivén de tardes, el verano en la cuerda de la guitarra, música de hamaca, todos en el pinar. Mi cabeza ligera, mi cuerpo pluma, y todo mi peso boca abajo en la cama. Los niños chapotean en la piscina redonda y pequeña del vecino, el tiempo se escurre y nadie se bloquea:  llegan las siestas de verano, con la ventana abierta.

Por lo que venga y los días de desierto que lejos quedan ya. Rebuscando algo que resulte de inspiración en la burbuja digital, en muchas caras, en imágenes instantáneas me pierdo. Fuera de la burbuja relajo mis pupilas cansadas de buscar. ¡Mañana llego a la tierra!, ¿quién me espera?

Las palabras se convierten en delirios y las historias en la frontera entre vida y muerte: vive para contarla o muere vacío. No necesitas más que una camisa, ponte crema, una mochila, saca la sonrisa y deja la nostalgia debajo de la toalla.

Siento que me quemo a través de la ventana pero es la luz, la luz que duele y existe, luz que enciende el sentido. Ahora sí que es posible vivir toda una vida, pues todo lo veo con brisa, instalada en esta tarde, después de una siesta de verano.

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