Dublín

De pronto me gustaba el té negro, no me importa vivir lejos del centro porque cogía el tranvía y observaba la ciudad en movimiento. Con la ilusión de conocer el mundo, despierta y con ganas. La suerte de haber conocido Irlanda, haber vivido las horas, soñando los días, recorrido los puentes… Tirarme en el campo de criquet en primavera.

Los irlandeses y sus historias, la guinness y su fuerza, la música y sus bares, nuestros bailes… Y a la vuelta de la universidad, Grafton con lluvia fina, de la que con viento te cala, el Luas con la puerta abierta antes de ponerse en marcha, los tulipanes amarillos alicaídos del campus, y a las diez arroz con guisantes y berenjena.

Me quité los cascos y alguien había arrancado la lana que quedaba en las calles. El uno de mayo sentí cada parte de mi cuerpo, cada mota de polvo en el aire, el fresquito en las piernas al caminar, la punta del bolígrafo cosquilleando el papel, mi espalda relajada, el agua en la boca, mi piel suave con Jonny Cash en la habitación. That day I realized there is nobody making pressure, I did not care about people judging anymore: the bigger the mouth the smaller the soul. That day I realized, sitting in the sun, that we should work to to make it the less tough we can, the most cheerful and enjoyable. Things go round and change and by the time, shall we dance?

Dublín, Dublín, ¿cómo retratarte? Cómo voy a echar de menos tus calles, las diarias caras desconocidas, tus lectores ávidos, el teatro en cada rincón, las ardillas de Dartry Road, tu percusión y tus tejados reposados. El hervidor siempre borboteando, el acento del norte con sus haches sonoras, las ganas de compartir historias, más o menos divertidas, con el resto de la mesa. La calma de la mañana, el bienestar en la tostada, la certeza de que los límites mienten: madrugar y caminar Rathmines, madrugar y caminar Inchicore o quedarte en la cama y caminar la sábana.

Aunque solo había trabajado un par de meses en el café, ya había sido suficiente para aprender a odiar un cuchillo panero con el que me había cortado dos veces; a sentir verdadera pena cuando un chico italiano vino a llevarse la vieja máquina de café, con la que tantos cortados había preparado; para  saber que extrañaría hacerle el bocadillo de manchego a aquella mujer tan maja. Sin duda voy a echar de menos la sonrisa de la señora que venía a pedirme un té cada mañana (y un trozo de bizcocho los días especiales) y al grupo de cuatro señores del “break” que piden americanos y capuccinos y siempre me dejan propina. Y en mi bonita rutina se sucedían palabras, rostros y escenas que quería retener en mi memoria, y solo podía quedarme con lo bueno: las sonrisas, los “thanks a million”, las flores de mi nueva casa en Inchicore y el sol que sale de visita express.

Hoy camino más despacio que el resto de los dublineses, me estoy despidiendo de cada esquina; hace nada caminaba despacio porque aún no me adaptaba al ritmo urbanita, de desayuno volado y atasco en las aceras: acababa de llegar.

Aquel último paseo por Dawson hasta Harcout me hizo recordar todo lo vivido cuando otras veces caminaba por allí, y tanta pena me daba la despedida que me pregunte si la ciudad no sentiría, también, un poco de congoja por los que nos vamos.

Dublín, como un trozo de canción recién compuesta, una muffin esponjosa, un festival continuo, la música electrónica en Workmans, una pizza en Bernard Shaw, como el color de los gorros por el aire, Christchurch en la lluvia, el arte que contagia, tus flores por el suelo.

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